viernes, 11 de diciembre de 2009

El Futuro de la Ciencia

Miguel Martínez Miguélez

1. Introducción

En la última década, se han organizado varios simposios internacionales tratando de responder a una misma inquietud que parece se ha ido instalando, hasta producir ansiedad, en la mente de muchos pensadores y científicos. Estos encuentros científicos han tratado de responder a la pregunta: ¿estamos ante el fin de la ciencia?

Con esta finalidad, se convocó un simposio de Premios Nobel, en 1989, en el College Gustavus Adolphus de Minnesota, bajo el título ¿El fin de la Ciencia? Al año siguiente, el mismo Instituto convocó otra Conferencia Nobel titulada: "Caos: la Nueva Ciencia". Ese mismo año, se celebró, en Buenos Aires, otro Encuentro Internacional, cuya primera Conferencia, del Premio Nobel Ilya Prigogine, se titulaba también ¿El fin de la Ciencia? Posteriormente, en la primavera de 1994, se realizó otro encuentro de pensadores, matemáticos, físicos, biólogos, economistas y filósofos, en el Instituto de Santa Fe, California, titulado "Los límites del conocimiento científico". Y, más recientemente, mayo de 1999, también en nuestro país, en la Universidad del Zulia, Maracaibo, tuvo lugar un simposio convocado bajo el mismo título ¿El fin de la Ciencia?, donde el autor de este artículo participó con una conferencia plenaria. Diferentes encuentros más se han realizado en otros lugares con fines similares.

Las grandes preguntas que guían estos encuentros giran entorno a las raíces de la ciencia y del conocimiento humano en general, es decir, son de naturaleza filosófica: ¿qué es la verdad?, ¿qué significa conocer las cosas?, ¿en qué consiste exactamente la verificación y validación?, ¿existe la libre determinación?, ¿cómo se originó la vida?, ¿qué sentido tiene el universo?, ¿somos inevitables o estamos aquí de pura casualidad?, ¿es cierto que toda la realidad procede de los retorcimientos de bucles de energía en un hiperespacio de diez dimensiones?, etc. Se trata, en fin de cuentas, de desnudar las antinomias, las paradojas, las aporías, las contradicciones, las parcialidades y las insuficiencias de nuestro conocimiento considerado como el más seguro por ser "científico".

No es de extrañar, entonces, que muchos de los participantes, especialmente los provenientes de la práctica empírica de una ciencia de corte clásico, se sientan desconcertados, desorientados y confundidos, al desconocer por completo los autores más iluminadores y competentes en la solución de estos problemas epistemológicos y gnoseológicos, como los filósofos griegos, Kant, Wittgenstein, Gödel y otros. Efectivamente, no somos nosotros los primeros que descubrimos y nos enfrentamos con estos problemas; a lo largo de la historia del pensamiento humano, mentes privilegiadas los enfrentaron y le dieron su solución. Kant, por ejemplo, y los mismos griegos, se anticiparon, al hablar de las antinomias, a casi todos los problemas planteados en estos simposios.

Esta situación de desconocimiento ha producido un hecho lastimoso: los científicos esperan y confían que la verdad sea alcanzable, y que no sólo sea un ideal, o una asíntota, a la que uno se está aproximando eternamente; pero en las diatribas que se generan, y en las publicaciones respectivas, al enfocar los problemas desde ópticas a veces muy contrapuestas y antagónicas, se insultan, se ridiculizan y se tildan unos a otros con epítetos muy descalificadores.

El objetivo de este artículo es dar una panorámica de la problemática tratada en estos simposios, enfatizar las dificultades de sus nudos gordianos y ofrecer un aporte de solución a algunos de ellos. El área explorada se apoya en la participación a tres de estos simposios, en la bibliografía que se cita, en la que se reseña al final y en los números de los últimos años de las revistas Science, Scientific American, Nature, Physics Today, New York Times Magazine y alguna otra.



2. El concepto de "Ciencia"

Cuando se examina a fondo el conocer humano, ordinariamente se entiende por "ciencia" no tanto la aplicada, es decir, la tecnología, sino la ciencia en su vertiente más pura y grandiosa, a saber, ese deseo profundo del ser humano de comprender el universo y el lugar que ocupa en él.

Ambas, la ciencia pura y la aplicada, han revelado disponer de un gran poder para el servicio de la humanidad: han aliviado el trabajo pesado, han disminuido las enfermedades y la pobreza, han alargado la vida y la han hecho mucho más agradable y placentera.

Pero, ¿estamos, como muchos aseveran, al final de la ciencia? En 1894, Albert Michelson dijo en un discurso que "los grandes principios que sustentan a la ciencia están ya firmemente establecidos y que los avances ulteriores habrá que buscarlos principalmente en la rigurosa aplicación de estos principios" y que "un físico eminente (aludiendo a Lord Kelvin) ha observado que las verdades futuras de la ciencia física habrá que buscarlas en el sexto lugar de los decimales" (Physics Today, Abril, 1968, p. 9).

Para esa fecha, nadie podía imaginar lo que nos tenía reservado el futuro: la televisión, los vuelos a la Luna y los supersónicos, las estaciones espaciales, las armas nucleares, la informática, la ingeniería genética, etc. Por eso, quizá sea más fácil aceptar lo que dicen algunos, como John Wheeler: "aún vivimos en la infancia de la humanidad"; "a medida que aumenta la isla de nuestros conocimientos, aumenta también el litoral de nuestra ignorancia" (Horgan, 1998, p. 113).

Otros científicos, de gran renombre, como Steven Weinberg y Edward Witten, asistentes a estos simposios, profesan una fe profunda en el poder de la física para alcanzar una verdad absoluta; pero están conscientes de que su fe es sólo eso: una fe (ibíd. p. 101). Mucho tiempo antes, sin embargo, Erwin Schrödinger, Premio Nobel por su descubrimiento de la ecuación fundamental de la mecánica cuántica (base de la física moderna), afirmó que la ciencia actual nos ha conducido por un callejón sin salida y que "la actitud científica ha de ser reconstruida, que la ciencia ha de rehacerse de nuevo" (1967). Y esto mismo piensan muchos de los participantes en los simposios mencionados.

A principios del siglo XX, en 1918, Spengler publicó una obra monumental, La Decadencia de Occidente, en la que expresa que la ciencia procede de manera cíclica, con períodos románticos de investigación de la naturaleza y el invento de nuevas teorías, que dan paso a otros períodos de consolidación durante los cuales el saber científico se osifica. A medida que los científicos se vuelven más arrogantes y menos tolerantes con otros sistemas de creencias, la sociedad se rebela contra la ciencia. Spengler pronosticaba, así, un declinar de la ciencia hacia fines del siglo.

En 1969, publicó Günther Stent, presidente del Departamento de Neurobiología de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU., una obra significativa e impactante en que sostenía que la ciencia –al igual que la tecnología, las artes y todas las disciplinas progresivas y acumulativas– estaba tocando a su fin. "Creo –dice– que la vertiginosa velocidad a la que se está moviendo el progreso hace que parezca más probable que llegue pronto a su fin, cosa que se podría producir mientras vivamos nosotros, o dentro de un par de generaciones a más tardar" (p. 94). Y pone ejemplos de lo que está sucediendo en el terreno de la geografía, la química, la anatomía humana y la biología. De esta manera, afirma Stent, cuanto más deprisa avance la ciencia más deprisa alcanzará sus límites definitivos e inevitables.

Es llamativo el hecho de que las predicciones de que la ciencia se está acercando a su culminación, han provenido, en su mayor parte, no de antirracionalistas, sino de científicos como Steven Weinberg, Richard Dawkins y Francis Crick, que creen que la ciencia es la vía suprema hacia la verdad.

Es más, señalan que la ciencia propiamente tal va imponiendo límites a su propio poder a medida que avanza. La teoría de la relatividad especial de Einstein, por ejemplo, no permite la transmisión de materia, y ni siquiera de información, a velocidades superiores a la de la luz; la mecánica cuántica establece que nuestro conocimiento del microcosmos ha de ser siempre incierto; la teoría del caos confirma que, inclusive sin la indeterminación cuántica, muchos fenómenos son imposibles de predecir; el teorema de la incompletitud de Kurt Gödel excluye la posibilidad de construir una descripción matemática de la realidad que sea completa y consistente; y la biología evolucionista no deja de recordarnos que somos unos animales destinados por la selección animal no al descubrimiento de profundas verdades de la naturaleza, sino a la cría (Horgan, 1998).

Noam Chomsky, en cambio, famoso lingüista y uno de los críticos más brillantes de la sociobiología y de otros enfoques darwinianos de la ciencia social, dice que "los científicos tienen que mostrar todavía –y lo mostrarán casi con toda seguridad– cómo las células fertilizadas se convierten en organismos completos y cómo el cerebro humano genera el lenguaje". Por todo ello, piensa este autor que "aún queda mucha ciencia por hacer, mucha física, mucha biología, mucha química" (ibíd., pp. 199-200). Igualmente, rechaza la posibilidad de que los físicos, y otros científicos en general, puedan alcanzar una teoría del todo; a lo sumo, dice, los físicos sólo podrán crear una "teoría de lo que saben formular". En efecto, ellos no podrán estar nunca seguros de haber encontrado una teoría verdaderamente definitiva de la naturaleza.

Por su parte, John Eccles, premio Nobel por sus estudios sobre la transmisión neuronal, y coautor con Popper de la famosa obra El yo y su cerebro (1980), a la pregunta sobre el posible fin de la ciencia, responde: "Yo no quiero que se acabe, es importantísimo que siga existiendo…; tendremos que seguir descubriendo, descubriendo y descubriendo y… pensando; no podemos pretender tener la última palabra sobre nada" (ibíd., p. 224).



3. La posible unificación de la ciencia

Otros científicos modernos ven el fin de la ciencia al creer en una teoría final sin alternativas posibles, es decir, reduciendo todos los fenómenos de la naturaleza a un único fenómeno o teoría, "el secreto del todo", como fue, por ejemplo, la teoría general de la relatividad o el modelo estándar de la física de partículas, o como pudiera ser la teoría de las supercuerdas. Así, Stephen Hawking (de la Universidad de Cambridge, Inglaterra), en 1980, al ocupar la cátedra que Newton había ocupado unos trescientos años antes, "vaticinó" que la física podría alcanzar pronto una teoría completa, unificada, de la naturaleza, provocando, así, su propia defunción. Algunos científicos no hablan de una teoría, pero sí de un número finito de leyes universales que el hombre puede aprehender y dirigir racionalmente para su propio beneficio.

El problema que plantea la teoría unificada, aun cuando se trate de una teoría realmente "bonita" como la de la supercuerda, es que no existe manera de "verificarla", lo cual indica que no se está siguiendo realmente el método científico, haciendo predicciones y comprobándolas luego, sino aplicando y creyendo en una mera consistencia matemática. Pero "los modelos matemáticos, como muy bien dijo Einstein, en la medida en que son ciertos no se refieren a la realidad". Por esto, si no se aportan pruebas concluyentes, nos estaremos moviendo, más que en el ámbito físico, en el filosófico, por no citar a otros insignes científicos, como Freeman Dyson (1988), que simplemente afirman que se trata de una fantasía poética. Como le dijo Niels Bohr a Heisenberg, "cuando se trata de átomos, el lenguaje sólo se puede emplear como en poesía; al poeta le interesa no tanto la descripción de hechos cuanto la creación de imágenes" (Bronowski, 1979, p. 340).

La respuesta plena a nuestras interrogantes sobre el universo no se reduce a una mera teoría de la física, es decir, no se trata de una simple manera de organizar los datos y predecir los acontecimientos; en realidad la solución del enigma del universo está más ligada con el "secreto de la vida". Pero la vida podría haber aparecido por una convergencia monstruosa de acontecimientos improbables y hasta inimaginables. Francis Crick (1981) dice que "el origen de la vida se nos antoja casi un milagro, dadas las innumerables condiciones que debieron darse para que ésta apareciera" (p. 88). Según los cálculos de probabilidad, la generación espontánea de la vida habría tenido menos probabilidad de darse que el ensamblaje de un jet 747 realizado por un tornado a su paso por un depósito de chatarra. Por esto, muchos científicos sostienen que el mero accidente no pudo haber creado la vida por sí solo; que nuestro cosmos debió contener alguna tendencia fundamental generadora de orden, y, por ello, la teoría darwinista, si no es errónea, por lo menos es incompleta (Kauffman, 1993, 1995).

Sin embargo, toda teoría unificadora –como idea básica y general– constituye el propio fin de la ciencia. La gran mayoría de los hombres de ciencia de cada disciplina fueron unificadores. Newton y Einstein fueron los supremos unificadores de la física: Newton unificó la gravitación terrestre y la gravitación celeste en 1680; Faraday y Ampère unificaron la electricidad y el magnetismo en 1830; Maxwell unificó éstos con la radiación en 1878, y Einstein unificó todos los anteriores, a través de la teoría general de la relatividad, en 1916. Los grandes triunfos de la física fueron triunfos de unificación. Así mismo, Darwin, con la teoría evolucionista, unificó en gran medida la biología, y Fred Hoyle, cuando acuñó el término big bang y su correspondiente teoría, proporcionó cohesión, sentido, significado y una narrativa unificadora a la astronomía.

También Popper señala que la aspiración propia de un metafísico es reunir todos los aspectos verdaderos del mundo (y no solamente los científicos) en una imagen unificadora que le ilumine a él y a los demás y que pueda un día convertirse en parte de una imagen aún más amplia, una imagen mejor, más verdadera (1985, p. 222).

En cuanto al "secreto de la vida", aunque la teoría de la evolución de Darwin es una idea científica que ha demostrado su capacidad para superar grandes desafíos, esa evolución –de acuerdo a Stephen Gould (1989), del Museo Americano de Historia Natural– no demuestra ninguna dirección coherente, ni tampoco son inevitables ninguno de sus productos, como, por ejemplo, el homo sapiens, pues, si repasamos la "película de la vida" un millón de veces, ese simio peculiar con cerebro mayor de lo normal podría no haber existido nunca.

De este modo, tanto el origen de la vida como su evolución en el tiempo quedan sumidas en un gran misterio. Y este misterio, y su posible respuesta, cambiarían en gran medida si se aclarara algún día la posibilidad de que exista vida –o de que haya existido vida alguna vez– más allá de los linderos de nuestro pequeño planeta. Esto constituiría una gran sorpresa, y gran parte de nuestra ciencia y todo el pensamiento humano volvería a nacer.



4. La tendencia reduccionista

Francis Crick, en su obra La hipótesis asombrosa (1994), comienza el libro diciendo: "La hipótesis asombrosa es que tú, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y tus ambiciones, tu sentido de la identidad y voluntad personales, no son en el fondo más que la conducta de unas células nerviosas y de sus moléculas asociadas. Como habría podido decir la Alicia de Lewis Caroll: «No somos más que un montón de neuronas»". Como le ha observado más de uno, el título de la obra hubiera estado más acertado si la hubiera llamado La hipótesis deprimente.

La tendencia "científica" reduccionista exige que las ciencias sociales, la antropología, la sociología, la psicología, la economía, etc., se expliquen con bases y principios sociobiológicos, y éstos, a su vez, sometiéndolos al paradigma darwiniano, el cual, por su parte, deberá entenderse siguiendo principios netamente físicos. Así, ya se trate de la guerra, la xenofobia, el dominio machista o, incluso, los brotes de altruismo o el misterio de la conciencia, todo deberá entenderse con base en las leyes corrientes de la física. Y estas leyes, en definitiva, se entenderán de acuerdo a lo que se conozca de la física de partículas, es decir, del comportamiento de los protones, neutrones, electrones, etc. y, ahora, de los quarks, los quasares y, sobre todo, las supercuerdas. Recordemos que estas últimas entidades físicas son puras construcciones lógico-matemáticas, es decir, no tienen un significado especial aparte de su definición matemática.

La teoría de las supercuerdas (que algunos ven como la teoría fundamental y definitiva de la física) sostiene que, así como las vibraciones de las cuerdas de un violín dan origen a notas diferentes, así las vibraciones de diminutos bucles de energía, las supercuerdas, generarían todas las fuerzas y partículas del reino físico. Pero la teoría de las supercuerdas no es comprobable y, por lo tanto, no pertenece realmente a la ciencia física. Es más, la mayoría de los físicos difieren en definir qué es exactamente una supercuerda; pareciera que es algo así como una protoestofa matemática que genera materia, energía, espacio y tiempo, pero que no se corresponde con nada de nuestro mundo. El principal argumento a su favor parece que reside en su notable elegancia y belleza, y en una consistencia meramente matemática. En otras palabras, se dice que la teoría es demasiado bella para ser errónea. Pero lo que se pregunta es si todo (las diferentes disciplinas) se pueden reducir a eso, es más, si eso corresponde a algo.

El problema no reside en usar modelos para representar la realidad, pues los físicos expertos saben que sus ecuaciones son, en realidad, una mentira. También Picasso decía que "el arte es una mentira que nos ayuda a ver la verdad". El error estaría en pensar que el modelo va más allá de sí mismo y representa, o equivale a, la realidad. Por esto, si tomamos demasiado en serio los modelos, más que recibir una ayuda, corremos el riesgo de quedar atrapados por ellos.

Cuando a Einstein le preguntaron si la ciencia se había agotado ya, contestó lo siguiente: "Tal vez, pero ¿de qué sirve describir una sinfonía de Beethoven en términos de ondas de aire a presión?" Al parecer, Einstein estaba refiriéndose al hecho de que la física por sí sola no podía hacerse preguntas relacionadas con el valor, el significado y otros fenómenos apreciativos. ¿De qué manera la sustitución de neuronas por ondas de aire a presión o átomos o cualquier fenómeno físico hacen justicia a la magia y el misterio de la mente? (Horgan, 1998, p. 222). No podemos caer en lo que Niels Bohr consideró como el lamentable estado de mucha ciencia, que consiste en reducir todos los misterios de la vida a meras trivialidades.

Desde el siglo pasado, muchos autores de orientación humanista en psicología, han repetido el dicho de que "aprendemos más sobre la vida humana y la personalidad humana en la novelas que en la psicología científica". En efecto, en los buenos escritos novelados, en todas las épocas de la historia, se nos presenta al ser humano en toda su realidad ambiental, concreta y contextual, y, así, todo se entiende en su justa medida y relación, y no como elementos descontextualizados como los que nos da mucha psicología "científica", que, por estar fuera de contexto, no tienen un significado específico, o pueden tener muchos. En este sentido, el reduccionismo sería un camino no apropiado para el logro de un conocimiento pleno.



5. La aporía de los modelos matemáticos

David Bohm, uno de los físicos más sobresalientes de los últimos tiempos, confiaba en que los científicos del futuro dependieran menos de las matemáticas para modelar la realidad y se abrevaran más en nuevas fuentes metafóricas y analógicas. "No tratemos los formalismos matemáticos –dice– como si fueran verdades fijas que ya poseemos, sino como una extensión de nuestras formas de lenguaje (...) o como figuras efímeras que podemos identificar en las nubes (tales como caballos, montañas, etc.)" (Suppe, 1979, p. 437).

Las matemáticas asumieron un papel protagónico en la ciencia desde Galileo y Descartes en adelante, pero, mirando hacia el futuro, parecen estar destinadas a convertirse en una ciencia cada vez más experimental y con menos pretensiones de verdad absoluta. Sabemos que Hegel criticaba la matemática, como instrumento cognoscitivo universal (la mathesis universalis de Descartes), por "el carácter inesencial y aconceptual de la relación cuantitativa" (1966, pág. 30), que la priva de sustancialidad, de fenomenalidad y aun de existencia concreta; por esto, el mismo Einstein, como ya señalamos, solía repetir que "en la medida en que las leyes de la matemática se refieren a la realidad, no son ciertas, y en la medida en que son ciertas, no se refieren a la realidad"; es decir, que los modelos matemáticos pueden ser perfectos en sí, pero pueden no engranar con la realidad concreta.

Y Heisenberg, que tantas veces ponderó la exactitud y la precisión de la matemática en la física cuántica, enfatiza la aporía de la misma (es decir, su callejón sin salida), al decir que "sería una conclusión prematura afirmar que podemos evitar las dificultades, limitándonos al uso del lenguaje matemático. Ésta no es una salida real, pues no sabemos hasta qué punto puede aplicarse el lenguaje matemático a los fenómenos. En fin de cuentas, también la ciencia tiene que recurrir al lenguaje habitual cotidiano, que es el único que nos permite captar realmente los fenómenos (...). Las matemáticas son una forma (…), pero no son el contenido de la naturaleza. Se interpreta equivocadamente la ciencia moderna (...) si se sobrevalora la importancia del elemento formal" (1974, pp. 186, 213).

El mismo Russell afirmó muchas veces que "una ley puede ser muy científica sin ser matemática" (1975, p. 55); y que "las matemáticas son el tema

Fuente: http://prof.usb.ve/miguelm/futurodelaciencia.html

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